La propaganda clásica intenta meterte una idea en la cabeza: “esto es verdad, aquello es mentira, este es el enemigo, este es el salvador”. Pero en estos tiempos hay una estrategia más sofisticada: no conseguir que creas A, sino impedir que confíes en A, B, C o en cualquier árbitro capaz de decidir entre ellos.
El objetivo es crear confusión en la opinión pública: si la gente no sabe qué creer, disminuye la voluntad colectiva de actuar
Cuando esto funciona durante suficiente tiempo, la persona deja de preguntar “qué es cierto?” y empieza a preguntar “quién está de mi lado?”. En ese momento la verdad deja de ser epistemológica y se vuelve tribal.
Entonces ya no importa tanto si una afirmación resiste evidencia. Importa quién la dice.
Cuando terminas pensando
"todos mienten"
ya les diste la victoria...
Porque “todos mienten” parece una postura escéptica, incluso inteligente, pero políticamente produce parálisis. Si todas las fuentes son equivalentes... ya todo se fue a la mierda y Reuters y la tía en Facebook pesan lo mismo.
Si todas las instituciones están corruptas, ninguna evidencia puede cambiar una opinión. Y si nada puede saberse, cualquier decisión termina dependiendo de identidad, miedo, carisma o lealtad.
Te suena conocido?
Lo podríamos llamar la paradoja de la desinformación:
"cuanto menos confías en las instituciones capaces de verificar una afirmación, más dependes de la persona que te dice que no debes confiar en ellas"
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