Claro. Ahora todo empieza a tener una arquitectura casi perfecta.
Porque, pensándolo bien, cómo vas a dejar los aranceles —esa artillería de porcentajes con casco y bayoneta— en manos de un tipo que no distingue una reducción del 1,500% de una rebaja de calcetines en almacén de pueblo?
“Reducimos los precios en un 1,500%”, dice.
Y sus cortesanos, que no están para pensar sino para inclinarse, salen inmediatamente a explicar que se trata de “otra forma de calcular”, de una “matemática alternativa”, o incluso de algo “demasiado alto para calcularse”. Es decir, las mismas excusas que da un niño de primaria cuando la maestra le pregunta cuánto es siete por ocho y él responde: “depende del enfoque geopolítico”.
Pero lo verdaderamente alarmante no es que el emperador haya confundido la aritmética con la pirotecnia. Lo alarmante es que su base de gorritas rojas no oiga la explosión.
Porque si usted no detecta que una reducción del 1,500% es una barbaridad con corbata, entonces también se traga completo el cuento de que una buena nota en un examen destinado a comprobar si todavía distingue un elefante de un inodoro (o si el golpe en la cabeza fue lo bastante severo como para olvidar el himno nacional) equivale a ganarse una medalla olímpica.
Y con esa artillería pretenden declararle la guerra económica a China, país donde los niños nacen con un ábaco bajo el brazo y probablemente calculan derivadas antes de decir "papá".
Pero lo más interesante —lo más deliciosamente espantoso— es esto: si no entiendes porcentajes, no entiendes proporciones; si no entiendes proporciones, no entiendes matemáticas... Cómo estarán tus bases para entender de lógica? Ciertamente no te alcanzarán para mucho...
Y de pronto, sin necesidad de otra explicación, muchas cosas empiezan a tener sentido...
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