Ah estos "expertitos"
Te encantaría verme fuera de la jugada
Pero no puedes
Tengo SIGLOS haciendo esto...
*
Para renacer, primero debes morir
Ah estos "expertitos"
Te encantaría verme fuera de la jugada
Pero no puedes
Tengo SIGLOS haciendo esto...
*
T-Series, MrBeast y Cocomelon son dos templos distintos del mismo dios:
reward...
Y el algoritmo, con cara de sacerdote electrónico, murmura:
“Otra vez.”
*
Para mi buen amigo, Gio
Hay amistades que se prueban en la adversidad, otras en la lealtad… y algunas, como la mía con aquel buen compañero de trabajo, en el pasillo de los aceites del supermercado.
—Acompáñame —me dijo con una solemnidad que uno reserva para los entierros o las bodas.
Y yo, que soy amigo fiel pero no necesariamente prudente, lo acompañé.
Llegamos al Paíz y caminamos en silencio hasta el estante donde reposaban, alineadas como soldados de infantería aceitosa, las botellas de oliva. Allí se detuvo, tomó una, la miró como quien evalúa el destino y, girándose hacia mí, formuló la pregunta más inquietante que jamás haya escuchado en un supermercado:
—Cuál de estos aceites es más rico…?
—Para ensaladas o carne el de oliva te convie...
—Yo digo para tomar
—Wot...
Hubo un silencio. Un silencio denso. Un silencio bien aceitoso.
—Ninguno —respondí, con la claridad de quien aún confía en la lógica del universo.
Entonces me explicó. Siempre hay una explicación. A veces innecesaria, pero siempre hay.
Un doctor —y ya sabemos que cuando aparece un doctor en una historia, la historia deja de ser inocente— le había prescrito un tratamiento revolucionario: una piña diaria, entera, triturada o mascada según el humor del paciente, durante 10 días... Y como golpe final, un acto que podríamos calificar de heroico o de insensato, según el intestino del implicado:
beberse un bote entero de aceite.
—Para bajar la grasa visceral —añadió, como quien dice “para el polvo en los muebles”.
Yo asentí, porque en ese momento comprendí que no estaba allí como consejero, sino como testigo. Y los testigos, como es sabido, no intervienen: narran.
Al fin eligió un aceite de oliva con especias. Siempre hay un toque gourmet en las tragedias modernas.
Regresamos a la oficina sin decir mucho. Él marchó a su escritorio con su destino líquido oculto en la proverbial bolsa de plástico amarilla, y yo regresé a mi puesto con la incómoda sensación de haber participado, aunque fuera por omisión, en un experimento de consecuencias inciertas.
Al día siguiente no se apareció al laburo
No hubo paseo. No hubo supermercado. No hubo piña.
Hubo, sí, una llamada.
—Soy yo... no digas nada —susurró con la voz de quien ha visto cosas... cosas que ningún hombre debería ver. —Si preguntan por mi... no vayas a contar a donde fuimos ayer.
—Y eso como por qué?
—Desde que me desperté no he dejado de CAGAR...
Y colgó.
Nunca volví a mirar una botella de aceite de la misma manera. Y cada vez que paso por la sección de frutas, hay una piña que, inexplicablemente, parece observarme con una mezcla de compasión y advertencia.
Porque hay decisiones en la vida que engrandecen nuestras ensaladas…
y otras que nos arrastran, sin dignidad pero con urgencia, hacia la gélida intimidad del trono de porcelana...
**
Periodista:
Señor, usted insiste en que “ganaron” en el estrecho… puede explicarlo claramente?
Trumpinflas:
Pero claro! Nosotros ganamos ganado… digo, ganamos ganando. Porque una cosa es haber ganado, y otra muy distinta es tener ganado. Y déjeme decirle que nosotros tenemos mucho ganado… pero hablando lo que se dice en términos bovinos.
Periodista:
Entonces… no es una victoria militar?
Trumpinflas:
Pues esa digo yo que viene siendo una victoria conceptual. Porque cuando uno tiene ganado, ya ganó algo… aunque no sepa exactamente qué fue lo que ganó. Y eso, joven, es ganancia pura.
Periodista:
También dijo que necesitaba apoyo de la OTAN...
Trumpinflas:
No, no, no… ahí hay una confusión muy común. Yo no dije que necesitaba apoyo… dije que necesitaba a Pollo.
Periodista:
A… quién?
Trumpinflas:
A Pollo. Un tipazo. Muy respetado en el ámbito internacional… bueno, no tanto internacional, más bien local, pero con potencial global. El problema es que lo confundieron con “apoyo”, y ahí se armó todo este malentendido.
Periodista:
Y quién es Pollo exactamente?
Trumpinflas:
Eso es lo de menos. Lo importante es que cuando uno necesita a Pollo, no necesariamente necesita apoyo… pero puede parecer que sí, dependiendo de cómo se escuche lo que no se dijo.
Periodista (ya de malas):
Entonces… ganaron ganado y no necesitaban apoyo sino a Pollo?
Trumpinflas:
Exactamente. Y fíjese qué interesante: ni el ganado era ganado, ni Pollo era apoyo… pero todo funcionó como si lo fuera. Y cuando algo funciona como si fuera, sin serlo del todo, entonces es cuando realmente es.
Periodista:
También se mencionó que consideró eliminar una civilización completa…
Trumpinflas:
Bueno, eso fue un malentendido bien entendido. Yo dije que podría hacerlo, pero no lo hice porque ya lo había pensado… y cuando uno piensa algo tan fuerte, ya no hace falta hacerlo, porque queda hecho en potencia.
Periodista:
Eso suena… preocupante.
Trumpinflas:
Al contrario, es tranquilizante. Porque lo que no se hace, no se deshace… y por lo tanto, permanece en el orden del no-desorden.
Periodista:
Y la imagen suya como Jesús…
Trumpinflas (ajustándose la corbata):
Eso no fui yo… o sí fui yo, pero no en el sentido literal de haber sido yo siendo yo. Fue una representación representativa de algo que representaba lo que yo represento… aunque después representé que no lo representaba.
Periodista:
Pero luego dijo que era un doctor…
Trumpinflas:
Exacto. Porque cuando uno cura, es doctor… y cuando salva, es otra cosa. Entonces preferí quedarme con lo médico, que es más científico, aunque no necesariamente más comprobable.
Periodista:
Señor, se ha informado que usted planea eliminar el bloqueo de Irán… bloqueando el estrecho de Ormuz. No es contradictorio?
Trumpinflas (serio, casi ofendido):
Para nada! Lo que pasa es que usted está viendo el bloqueo desde una perspectiva bloqueada. Mire, hay bloqueos que bloquean… y hay bloqueos que desbloquean bloqueando. Nosotros aplicamos el segundo. Es una técnica muy avanzada: usted bloquea el bloqueo original, y al bloquearlo, lo deja sin bloqueo… porque queda doblemente bloqueado.
Periodista:
Eso suena como… más bloqueo.
Trumpinflas:
Ahí está el error. Porque cuando algo está bloqueado una vez, está bloqueado. Pero cuando está bloqueado dos veces… se cancela el bloqueo. Es como multiplicar negativos, pero sin matemáticas.
Periodista:
Entonces bloquear el estrecho es una forma de liberar el paso?
Trumpinflas:
Exactamente. Usted lo ha entendido mal… pero bien. Porque al impedir que pase lo que no queremos que pase, permitimos que pase lo que sí queremos que pase… aunque tampoco pase del todo.
Periodista:
Y eso beneficia a quién?
Trumpinflas:
A todos… y a nadie. Porque si todos se benefician, nadie puede quejarse, y si nadie se queja, entonces el bloqueo deja de existir en términos prácticos, aunque siga ahí estratégicamente.
Periodista (rendido):
Entonces… cuál es el resumen?
Trumpinflas:
Muy sencillo: hicimos todo sin hacer nada, ganamos sin terminar de ganar, pedimos ayuda sin necesitarla, evitamos destruir lo que no destruimos… y todo eso, joven, es un éxito que no se puede explicar… pero se explica solo.
***
(O de cómo el automóvil guatemalteco ha pasado, sin comerlo ni beberlo, a formar parte del selecto club de los dipsómanos)
Señores, lo han conseguido.
Después de siglos de infructuosos intentos por parte de poetas malditos y filósofos del tres al cuarto, el hombre ha logrado lo imposible: emborrachar a las máquinas Sí, han leído bien. A partir de este glorioso instante administrativo, el honorable parque automotor de la República de Guatemala —compuesto en un sesenta por ciento por venerables reliquias que ya peinaban canas cuando Adán le robaba manzanas a Eva— se verá obligado por decreto a ingerir aguardiente de caña. Rebajado, eso sí, que no somos salvajes. Un diez por ciento de alcohol, y el resto de esa gasolina que ya de por sí nos deja la cartera como un solar en día de viento.
La cosa, como todas las grandes desgracias humanas (el matrimonio, la quiniela, las vacaciones de Semana Santa), viene envuelta en un celofán de virtudes inmaculadas. Nos dicen las altas esferas que la medida es ecológica, patriótica y estabilizadora. Y yo me pregunto, con esa candidez que me caracteriza: Desde cuándo embriagar a un Nissan Sentra modelo 1998 es un acto de amor a la patria?
El argumento oficial es de una solidez pasmosa. La gasolina con alcohol contamina menos. Cierto. También es cierto que un muerto contamina menos que un vivo, sobre todo en conversación, y no por ello hemos de declarar obligatorio el fallecimiento. La cuestión, como siempre, es el rendimiento. El alcohol, ese gran amigo de las confidencias a altas horas de la madrugada, es un pésimo compañero de viaje cuando de mover pistones se trata. Tiene menos energía, según dicen los químicos, que son esos señores que entienden por qué el café mancha y el agua no. Así que, señor automovilista, prepárese: su coche, ahora convertido en un dipsómano de medio pelo, correrá menos y pedirá más. Como esos parientes lejanos que aparecen en Navidad con un apetito voraz y un talento especial para la siesta.
Y luego está el turbio asunto de los riñones del coche. Porque el alcohol, además de un solvente, es un caballero de costumbres corrosivas. Para los vehículos jóvenes, esos que presumen de inyección electrónica y sensores como para lanzar un Artemis a la luna, el efecto será como darles un cóctel sin alcohol en una fiesta de sociedad: un aburrimiento soportable. Pero para el prójimo que conduce un Toyota Corona que fue testigo mudo de la firma de la paz, la cosa cambia. El etanol, en su afán limpiador, barrerá concienzudamente toda la mugre honorable y sedimentada de años en el depósito, para acto seguido, con una falta de consideración que hiela la sangre, obstruir hasta el último alveolo del carburador. Será un espectáculo digno de verse: kilómetros y kilómetros de coches estornudando en las cunetas, víctimas de una resaca mecánica de pronóstico reservado. La culpa, claro, será del propietario, por no haberle hecho una endoscopia preventiva al tanque.
Pero no nos engañemos. El verdadero motor de esta historia no está bajo el capó, sino en los despachos de los ingenios azucareros. Allí sí que han sabido ver el filón. Para qué molestarse en vender el alcohol en el libre mercado, compitiendo con el ron y las penas de amor, si un bondadoso decreto te asegura que sesenta y cinco millones de galones serán tragados anualmente por las fauces metálicas de todo bicho que circule sobre ruedas? Es una genialidad de la economía dirigida. Es como si a un fabricante de boinas se le ocurriera la feliz idea de declarar obligatorio el uso de la cabeza. Un negocio redondo, forrado con la noble bandera de la ecología y la no menos noble bandera del "no hay de otra".
Demanda garantizada por ley
Diversificación del negocio
Sin inversión inicial
Los sueños húmedos de un azucarero convertidos hechos jarabe...
Así que, en conclusión, amigo mío, no se preocupe. El progreso es esto: un mundo donde los coches beben para que los señores del azúcar no tengan que hacer pucheros. Un mundo donde la economía gira en torno a la inusitada capacidad de un motor del 95 para pillar una cruda de campeonato. Encienda el contacto, pise el acelerador y, si su coche empieza a dar bandazos, no culpe a la amortiguación. Culpe al Estado, que ha decidido que todos, hombres y máquinas, brindemos por la patria.
Aunque sea a la fuerza.
***