viernes, 10 de abril de 2026

Breve tratado sobre la improbable combustión de la caña de azúcar en los motores de explosión y en los despachos ministeriales

(O de cómo el automóvil guatemalteco ha pasado, sin comerlo ni beberlo, a formar parte del selecto club de los dipsómanos)

Señores, lo han conseguido. 

Después de siglos de infructuosos intentos por parte de poetas malditos y filósofos del tres al cuarto, el hombre ha logrado lo imposible: emborrachar a las máquinas Sí, han leído bien. A partir de este glorioso instante administrativo, el honorable parque automotor de la República de Guatemala —compuesto en un sesenta por ciento por venerables reliquias que ya peinaban canas cuando Adán le robaba manzanas a Eva— se verá obligado por decreto a ingerir aguardiente de caña. Rebajado, eso sí, que no somos salvajes. Un diez por ciento de alcohol, y el resto de esa gasolina que ya de por sí nos deja la cartera como un solar en día de viento.


La cosa, como todas las grandes desgracias humanas (el matrimonio, la quiniela, las vacaciones de Semana Santa), viene envuelta en un celofán de virtudes inmaculadas. Nos dicen las altas esferas que la medida es ecológica, patriótica y estabilizadora. Y yo me pregunto, con esa candidez que me caracteriza: Desde cuándo embriagar a un Nissan Sentra modelo 1998 es un acto de amor a la patria?


El argumento oficial es de una solidez pasmosa. La gasolina con alcohol contamina menos. Cierto. También es cierto que un muerto contamina menos que un vivo, sobre todo en conversación, y no por ello hemos de declarar obligatorio el fallecimiento. La cuestión, como siempre, es el rendimiento. El alcohol, ese gran amigo de las confidencias a altas horas de la madrugada, es un pésimo compañero de viaje cuando de mover pistones se trata. Tiene menos energía, según dicen los químicos, que son esos señores que entienden por qué el café mancha y el agua no. Así que, señor automovilista, prepárese: su coche, ahora convertido en un dipsómano de medio pelo, correrá menos y pedirá más. Como esos parientes lejanos que aparecen en Navidad con un apetito voraz y un talento especial para la siesta.


Y luego está el turbio asunto de los riñones del coche. Porque el alcohol, además de un solvente, es un caballero de costumbres corrosivas. Para los vehículos jóvenes, esos que presumen de inyección electrónica y sensores como para lanzar un Artemis a la luna, el efecto será como darles un cóctel sin alcohol en una fiesta de sociedad: un aburrimiento soportable. Pero para el prójimo que conduce un Toyota Corona que fue testigo mudo de la firma de la paz, la cosa cambia. El etanol, en su afán limpiador, barrerá concienzudamente toda la mugre honorable y sedimentada de años en el depósito, para acto seguido, con una falta de consideración que hiela la sangre, obstruir hasta el último alveolo del carburador. Será un espectáculo digno de verse: kilómetros y kilómetros de coches estornudando en las cunetas, víctimas de una resaca mecánica de pronóstico reservado. La culpa, claro, será del propietario, por no haberle hecho una endoscopia preventiva al tanque.


Pero no nos engañemos. El verdadero motor de esta historia no está bajo el capó, sino en los despachos de los ingenios azucareros. Allí sí que han sabido ver el filón. Para qué molestarse en vender el alcohol en el libre mercado, compitiendo con el ron y las penas de amor, si un bondadoso decreto te asegura que sesenta y cinco millones de galones serán tragados anualmente por las fauces metálicas de todo bicho que circule sobre ruedas? Es una genialidad de la economía dirigida. Es como si a un fabricante de boinas se le ocurriera la feliz idea de declarar obligatorio el uso de la cabeza. Un negocio redondo, forrado con la noble bandera de la ecología y la no menos noble bandera del "no hay de otra".


Demanda garantizada por ley

Diversificación del negocio

Sin inversión inicial

Los sueños húmedos de un azucarero convertidos hechos jarabe...


Así que, en conclusión, amigo mío, no se preocupe. El progreso es esto: un mundo donde los coches beben para que los señores del azúcar no tengan que hacer pucheros. Un mundo donde la economía gira en torno a la inusitada capacidad de un motor del 95 para pillar una cruda de campeonato. Encienda el contacto, pise el acelerador y, si su coche empieza a dar bandazos, no culpe a la amortiguación. Culpe al Estado, que ha decidido que todos, hombres y máquinas, brindemos por la patria. 

Aunque sea a la fuerza.


***

jueves, 9 de abril de 2026

"Ni obedientes ni callados"

En los 80s los chafarotes entraban a la universidad a secuestrar a los catedráticos y a los muchachos 

Ya se les olvidó?

Ahora es más de lo mismo, pero con legalismos 

Resistencia compañeros 

Aunque ya se tardaron mucho en sacar ese coche... 

Antes derrocabas tiranos... Que te pasó...?

*

miércoles, 8 de abril de 2026

Elecciones Universitarias o De Cómo Los Señores Del Desmán Aprendieron a Vestir Toga

Breve tratado sobre el arte de degollar una república con exquisitos modales jurídicos


Hay que reconocerlo, aunque nos duela en ese rincón del alma donde guardamos la fe en el ser humano (un rincón cada vez más pequeño y polvoriento, por cierto): los tiranos modernos han ganado en elegancia lo que han perdido en bigote.


Se acabaron aquellos golpes de Estado tan estridentes, tan de mal gusto, con botas sobre el pavimento, tanques haciendo tour por la plaza mayor y señores con gafas oscuras fumando puros en un palacio asaltado. Qué vulgaridad! Hoy, el que quiere finiquitar una democracia contrata a un buen sastre, a un asesor de imagen y, sobre todo, a un enjambre de picapleitos melifluos

El procedimiento ha pasado de la artillería a la notaría.


Lo llaman "Legalismo Autoritario". Nosotros, que hemos visto desfilar demasiadas vanidades por el teatro del mundo, podríamos llamarlo simplemente "El Caballo de Troya con Firma de Abogado".


Antes, para tomar el poder, Ulises necesitaba un caballo de madera de treinta metros y un batallón de griegos con malas pulgas escondidos dentro. Hoy eso es innecesario, ruidoso y, peor aún, obvio. El caballo de Troya moderno es una ley. Una ley pequeñita, anodina, con un título tan soporífero como "Ley de Reestructuración de Competencias Administrativas del Poder Judicial" o "Reglamento para la Acreditación de Cuerpos Electorales Universitarios". Suena a remedio para el insomnio, verdad? Pues en esas páginas de prosa plúmbea e ininteligible viene el veneno.


El arte es sutil, casi digno de un prestidigitador de salón. Consiste en utilizar las propias bisagras de la puerta democrática para arrancarla del marco sin que los vecinos se enteren

Que la Constitución permite la reelección? Perfecto, cambiemos las reglas del juego entre bastidores para que solo gane el árbitro.

Que la ley exige una votación para nombrar fiscal? Magnífico, quitemos de la lista a todos los que no sean íntimos amigos del anfitrión alegando que les falta un sello, una fecha o el visto bueno del portero del edificio.

Que hay un Tribunal Constitucional que vela por la Carta Magna? Espléndido, llenémoslo de jueces afines que consideren que la Carta Magna es, en realidad, una mera sugerencia poética.


Es el triunfo de la comedia burocrática sobre la tragedia. Vemos a los señores del desmán sudar la gota gorda no en una trinchera, sino en una sesión extraordinaria del Consejo Superior. Los vemos discutir no sobre estrategia militar, sino sobre si el acta del cuerpo electoral de Agronomía tenía el membrete correcto o si el delegado de Medicina llevaba la corbata del color reglamentario.


Y mientras ellos discuten sobre el sexo de los ángeles jurídicos, los pesos se desvanecen y los contrapesos se venden al peso en la chatarrería del Estado.


La ironía, esa diosa cruel que ríe la última, nos recuerda lo que decía aquel desaprensivo de Goebbels: 

"La democracia da a sus enemigos las llaves de su propia celda". 

Y lo peor no es que nos encierren. Lo peor, lo verdaderamente irritante para un espíritu fino como el nuestro, es que lo hagan pidiendo permiso, presentando un recurso y pagando las tasas correspondientes en el banco...


Así que, querido lector, la próxima vez que oiga un estruendo de sables, despreocúpese: eso ya es folklore. Preocúpese, y mucho, cuando el silencio en el hemiciclo solo sea roto por el susurro de un abogado leyendo una enmienda a la totalidad. 

Eso, amigo mío, es el verdadero estruendo del derrumbe. 

Y lo peor es que va acompañado de una factura de honorarios.

***

martes, 7 de abril de 2026

Vete a la mierda don Trump

Un tipo con políticas racistas quiere eliminar una civilización entera

Vaya! Que sorpresa!

Por un problema que él mismo creó 

Vaya! Que estúpido!

Pero no es por racista... Es por el petróleo...

Ah bueno... Eso lo cambia todo no?

Israel quería eliminar una amenaza y resulta que creó un odio justificado por generaciones 

Ah estos sionistas... 

Ah USA... Como estafan a los viejitos por email con los ahorros de su vida 

estafaron a tu presidente senil...

Se la creyó toda...

Y si me das a elegir quien debe morir 

una civilización milenaria o un viejito demente y depravado...

Eso ni se piensa...

*

miércoles, 25 de marzo de 2026

La IA no nivela a todos hacia arriba - Amplifica lo que ya eres

Hay quien asegura, con la gravedad de un notario que certifica una defunción, que la inteligencia artificial no genera valor. Lo dicen con voz firme, como quien anuncia que el mar no moja, y acto seguido se secan las manos con una toalla invisible.

Yo, que no soy notario pero sí bastante curiosito, he visto otra cosa.

He visto a un maestro de instituto público fabricar exámenes como quien hornea pan caliente, sin sudor en la frente ni tizne en las manos. He visto a una estudiante desmenuzar casos legales con la precisión de un relojero suizo. He visto a vecinos levantar anuncios de helados con chamoy como si fueran la reencarnación de Andy Warhol en minutos. Y he visto —esto es lo más sospechoso— a un ingeniero resolver problemas que antes le tomaban días, ahora en horas, con la serenidad de quien ya ha estado ahí, aunque no haya estado.

Y entonces uno se pregunta: si eso no es valor, qué demonios es?

—“Pero eso no aparece en el PIB”, dirá usted, lector suspicaz, con esa sonrisa que mezcla duda y superioridad—.
—Tiene razón —le contesto—, tampoco aparece el cariño de una madre ni la astucia de un veterano, y sin embargo mueven el mundo con una eficacia que ya quisieran los ministerios.

La inteligencia artificial no es un genio que concede deseos. Es, más bien, un espejo que responde. Le devuelve a uno lo que uno es capaz de formular. Y aquí empieza el verdadero drama: hay quien le pide poco, y recibe poco. Y hay quien le pregunta con filo, con historia, con cicatrices… y entonces la máquina, obediente como un mayordomo inglés, se inclina y dice: “Aquí tiene, señor”, y le sirve algo que parece inteligencia, pero que en realidad es reflejo.

Por eso algunos no ven el valor. Porque no lo están poniendo.

Creen que la herramienta nivela, como si de pronto todos fuéramos virtuosos por tener un piano. Y no. El piano sigue sonando mejor en manos del que ha pasado años repitiendo escalas hasta el aburrimiento. La IA no convierte al torpe en sabio; convierte al sabio en algo peligrosamente eficiente.

Y aquí es donde la cosa se pone interesante —y un poco incómoda—.

Porque el mundo no paga por lo que uno podría hacer, sino por lo que ya hacía… aunque ahora lo haga mejor. Así que el que duplica su producción con IA no necesariamente duplica su salario; lo más probable es que duplique las expectativas que pesan sobre sus hombros. Es una vieja historia: el buen caballo no recibe más avena, recibe más carga.

Sin embargo —y esto lo digo con cierto deleite—, hay un truco.

El valor no está en hacer más rápido lo mismo, sino en hacer cosas que antes no se podían hacer. En anticipar errores antes de que ocurran. En conectar piezas que otros ni siquiera ven. En convertir el caos en sistema. Ahí, querido lector, ya no hablamos de productividad. Hablamos de supervivencia… y de poder.

Porque cuando todo falla, no llaman al que preguntó rápido.

Llaman al que entendió profundo.

Y ese, curiosamente, es el que mejor conversa con la máquina.

No porque la domine, sino porque sabe qué pedirle.

Y saber qué pedir… eso, me temo, sigue siendo un arte muy humano.

*


viernes, 20 de marzo de 2026

"Ctrl+Alt+PAPITAS DE TACO BELL"

En las oficinas modernas —esos templos donde el café es fuerte y las decisiones débiles— ha surgido una nueva criatura lingüística: el “Control-Alt-SUPREME”.

No es un plato.
No es una herejía.
Es ambas cosas.

El individuo que lo pronuncia no lo hace por ignorancia, que sería una excusa aceptable, sino por una fe inquebrantable en la lógica del oído, que es la más peligrosa de todas las lógicas. Porque el oído, cuando no entiende, no se rinde: inventa.

Así, la pobre y honrada tecla Suprimir —que nació humilde, trabajadora y con vocación de limpieza— ha sido elevada, por obra y gracia del desconocimiento creativo, a la aristocracia de lo Supreme, que suena a salsa extra, a papas grandes y a una felicidad que cuesta Q 35.99 más impuestos.

El fenómeno no es nuevo. Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha venido corrigiendo al idioma para que coincida con su comodidad. Si la palabra es difícil, se ablanda; si es extraña, se domestica; y si no se parece a nada conocido… se la disfraza de algo que venga con queso.

Un niño, por ejemplo, no dice firetruck; dice "firefuck", otra cosa mucho más memorable y socialmente peligrosa. Y no se equivoca: optimiza. Reduce la distancia entre lo que oye y lo que puede pronunciar, sacrificando la exactitud en el altar de la eficiencia. Un ingeniero, enfrentado a una tecla ambigua, hace exactamente lo mismo, solo que con más corbata.

De modo que no nos engañemos: cuando alguien dice “Control-Alt-SUPREME”, no está cometiendo un error. Está participando, sin saberlo, en la eterna rebelión del hablante contra el diccionario. Está diciendo: “Señor idioma, usted será muy correcto, pero yo tengo hambre… y esto suena mejor.”

Es incorrecto?
Por supuesto.
Es inevitable?
También.

Porque el lenguaje no es una institución seria, aunque lo parezca. Es un club social con mala memoria, donde las palabras entran con traje y terminan en camiseta. Y si dentro de quinientos años alguien escribe en un documento oficial: “Presione Control-Alt-Supreme para reiniciar la existencia”, no será una decadencia…

Será tradición.

*



martes, 17 de marzo de 2026

Consejo de Charly

Si estás solo, duerme

Si estás acompañado, se creativo 

Si son más de dos, exige análisis 

pero siempre debajo de la almohada un preservativo 

nunca un revólver 

- Charly García 

lunes, 16 de marzo de 2026

NATO plz send help ..

Que pasó anaranjadito? Te llegó el karma? Quien iba a decir que poner aranceles y despreciar a los aliados te iba a explotar como dron en la cara...

Lo malo es que no aprendes y no vas a parar de tomar malas decisiones hasta que alguien te detenga...

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sábado, 14 de marzo de 2026

jueves, 12 de marzo de 2026

Tratado breve sobre la Inteligencia Artificial, las Facturas y la Misteriosa Voluntad del Dueño

Hay en las empresas modernas un fenómeno curioso que merece la atención de los filósofos, de los ingenieros y, en casos extremos, de los contadores: la firme convicción de que cualquier problema humano puede resolverse con un dashboard.

Durante siglos, los comerciantes resolvieron el problema de a quién pagar primero con métodos simples y eficaces. Estos métodos incluían:

  1. El miedo.

  2. La conveniencia.

  3. El proveedor que amenazaba con dejar de entregar tornillos.

  4. El que llamaba todos los días.

  5. El que era amigo del dueño.

Este sistema, imperfecto pero funcional, tenía una gran ventaja: no requería servidores, APIs ni prompts.

Pero el progreso, que es una fuerza irresistible y ligeramente neurótica, decidió que aquello era demasiado sencillo.

Entonces aparecieron los dashboards.

Y con los dashboards llegaron los algoritmos.

Y con los algoritmos llegó finalmente la Inteligencia Artificial, que es una cosa admirable que sabe resumir novelas, escribir poemas, explicar física cuántica y, aparentemente, decidir qué factura pagar primero en una granja.

Así nació el nuevo sistema moderno de priorización de pagos:

Facturas → pipeline → n8n → modelo de IA → ranking → dashboard → dueño

El lector atento notará que el sistema termina exactamente en el mismo lugar que terminaba hace dos siglos:

el dueño.

Sin embargo, el trayecto ahora es mucho más elegante.


La heurística y la fe

En medio de este despliegue tecnológico surge una expresión maravillosa: fe heurística.

A primera vista parece un oxímoron, como “silencio atronador” o “ingeniero que ama las reuniones”. Pero si lo pensamos bien, describe perfectamente el estado mental de nuestra época.

La heurística es el arte de tomar decisiones con información incompleta.
La fe es la confianza en algo que no podemos demostrar.

La Inteligencia Artificial moderna es, en muchos casos, la unión matrimonial de ambas cosas.

El ingeniero introduce un prompt de veinte párrafos explicando cómo priorizar facturas, y el modelo —tras reflexionar con admirable entusiasmo probabilístico— produce una lista ordenada que parece razonable.

Si el resultado es convincente, el ingeniero exclama:

—¡La IA entiende el negocio!

Si el resultado es extraño, el ingeniero exclama:

—¡Hay que ajustar el prompt!

En ambos casos, el sistema continúa funcionando con admirable dignidad.


La ilusión de la bala de plata

Desde tiempos remotos, los ingenieros buscan una solución definitiva para la complejidad. Esa solución ha recibido muchos nombres a lo largo de las décadas:

  • frameworks milagrosos

  • arquitecturas revolucionarias

  • metodologías definitivas

  • plataformas low-code

  • inteligencia artificial

Todas prometen lo mismo: ordenar el caos humano mediante tecnología.

El problema es que el caos humano es extraordinariamente resistente a la automatización.

Un proveedor puede ser crítico no porque su factura sea grande, sino porque su dueño juega dominó con el dueño de la empresa.

Otro proveedor puede esperar tranquilamente seis meses porque sabe que al final le pagarán.

Un tercero puede provocar un terremoto administrativo con una sola llamada telefónica.

Ninguno de estos factores suele aparecer en la tabla facturas.


El algoritmo invisible

Por esta razón, muchas empresas terminan operando con un algoritmo que jamás fue programado pero que todos conocen:

prioridad_real = criterio_del_dueño

Este algoritmo tiene varias características notables:

  • no está documentado

  • no es reproducible

  • cambia con el humor del día

  • y, sorprendentemente, suele funcionar

Los dashboards modernos no sustituyen este algoritmo.

Simplemente le preparan el escenario.

El dueño abre el dashboard, observa el ranking generado por la Inteligencia Artificial, lo contempla con la misma atención que un emperador romano mirando el circo… y finalmente decide pagar tres facturas completamente distintas.

La Inteligencia Artificial, por supuesto, no se ofende.

Los algoritmos tienen una virtud que los humanos envidian: no tienen ego.


Conclusión provisional

La lección de todo esto es curiosa y profundamente humana.

La tecnología puede ordenar datos, calcular prioridades y producir dashboards hermosos que hacen latir más rápido el corazón de los departamentos de IT.

Pero la decisión final, especialmente cuando hay dinero, proveedores y reputaciones en juego, sigue siendo una mezcla misteriosa de experiencia, intuición y relaciones humanas.

En otras palabras:

El negocio no necesita solamente datos.

Necesita criterio.

Y el criterio —para frustración de ingenieros, científicos de datos y modelos de lenguaje— todavía no se puede instalar con pip.


Epílogo

Si algún día la Inteligencia Artificial logra descifrar por completo el algoritmo mental del dueño, ese día habremos alcanzado el sueño definitivo de la ingeniería empresarial.

Hasta entonces, el sistema seguirá funcionando como siempre:

IA recomienda
dashboard muestra
ingenieros discuten
proveedores llaman
y el dueño decide

Lo cual demuestra, con cierta elegancia, que la tecnología avanza…

pero la naturaleza humana mantiene el control del teclado.

*