Para mi buen amigo, Gio
Hay amistades que se prueban en la adversidad, otras en la lealtad… y algunas, como la mía con aquel buen compañero de trabajo, en el pasillo de los aceites del supermercado.
—Acompáñame —me dijo con una solemnidad que uno reserva para los entierros o las bodas.
Y yo, que soy amigo fiel pero no necesariamente prudente, lo acompañé.
Llegamos al Paíz y caminamos en silencio hasta el estante donde reposaban, alineadas como soldados de infantería aceitosa, las botellas de oliva. Allí se detuvo, tomó una, la miró como quien evalúa el destino y, girándose hacia mí, formuló la pregunta más inquietante que jamás haya escuchado en un supermercado:
—Cuál de estos aceites es más rico…?
—Para ensaladas o carne el de oliva te convie...
—Yo digo para tomar
—Wot...
Hubo un silencio. Un silencio denso. Un silencio bien aceitoso.
—Ninguno —respondí, con la claridad de quien aún confía en la lógica del universo.
Entonces me explicó. Siempre hay una explicación. A veces innecesaria, pero siempre hay.
Un doctor —y ya sabemos que cuando aparece un doctor en una historia, la historia deja de ser inocente— le había prescrito un tratamiento revolucionario: una piña diaria, entera, triturada o mascada según el humor del paciente, durante 10 días... Y como golpe final, un acto que podríamos calificar de heroico o de insensato, según el intestino del implicado:
beberse un bote entero de aceite.
—Para bajar la grasa visceral —añadió, como quien dice “para el polvo en los muebles”.
Yo asentí, porque en ese momento comprendí que no estaba allí como consejero, sino como testigo. Y los testigos, como es sabido, no intervienen: narran.
Al fin eligió un aceite de oliva con especias. Siempre hay un toque gourmet en las tragedias modernas.
Regresamos a la oficina sin decir mucho. Él marchó a su escritorio con su destino líquido oculto en la proverbial bolsa de plástico amarilla, y yo regresé a mi puesto con la incómoda sensación de haber participado, aunque fuera por omisión, en un experimento de consecuencias inciertas.
Al día siguiente no se apareció al laburo
No hubo paseo. No hubo supermercado. No hubo piña.
Hubo, sí, una llamada.
—Soy yo... no digas nada —susurró con la voz de quien ha visto cosas... cosas que ningún hombre debería ver. —Si preguntan por mi... no vayas a contar a donde fuimos ayer.
—Y eso como por qué?
—Desde que me desperté no he dejado de CAGAR...
Y colgó.
Nunca volví a mirar una botella de aceite de la misma manera. Y cada vez que paso por la sección de frutas, hay una piña que, inexplicablemente, parece observarme con una mezcla de compasión y advertencia.
Porque hay decisiones en la vida que engrandecen nuestras ensaladas…
y otras que nos arrastran, sin dignidad pero con urgencia, hacia la gélida intimidad del trono de porcelana...
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