miércoles, 8 de abril de 2026

Elecciones Universitarias o De Cómo Los Señores Del Desmán Aprendieron a Vestir Toga

Breve tratado sobre el arte de degollar una república con exquisitos modales jurídicos


Hay que reconocerlo, aunque nos duela en ese rincón del alma donde guardamos la fe en el ser humano (un rincón cada vez más pequeño y polvoriento, por cierto): los tiranos modernos han ganado en elegancia lo que han perdido en bigote.


Se acabaron aquellos golpes de Estado tan estridentes, tan de mal gusto, con botas sobre el pavimento, tanques haciendo tour por la plaza mayor y señores con gafas oscuras fumando puros en un palacio asaltado. Qué vulgaridad! Hoy, el que quiere finiquitar una democracia contrata a un buen sastre, a un asesor de imagen y, sobre todo, a un enjambre de picapleitos melifluos

El procedimiento ha pasado de la artillería a la notaría.


Lo llaman "Legalismo Autoritario". Nosotros, que hemos visto desfilar demasiadas vanidades por el teatro del mundo, podríamos llamarlo simplemente "El Caballo de Troya con Firma de Abogado".


Antes, para tomar el poder, Ulises necesitaba un caballo de madera de treinta metros y un batallón de griegos con malas pulgas escondidos dentro. Hoy eso es innecesario, ruidoso y, peor aún, obvio. El caballo de Troya moderno es una ley. Una ley pequeñita, anodina, con un título tan soporífero como "Ley de Reestructuración de Competencias Administrativas del Poder Judicial" o "Reglamento para la Acreditación de Cuerpos Electorales Universitarios". Suena a remedio para el insomnio, verdad? Pues en esas páginas de prosa plúmbea e ininteligible viene el veneno.


El arte es sutil, casi digno de un prestidigitador de salón. Consiste en utilizar las propias bisagras de la puerta democrática para arrancarla del marco sin que los vecinos se enteren

Que la Constitución permite la reelección? Perfecto, cambiemos las reglas del juego entre bastidores para que solo gane el árbitro.

Que la ley exige una votación para nombrar fiscal? Magnífico, quitemos de la lista a todos los que no sean íntimos amigos del anfitrión alegando que les falta un sello, una fecha o el visto bueno del portero del edificio.

Que hay un Tribunal Constitucional que vela por la Carta Magna? Espléndido, llenémoslo de jueces afines que consideren que la Carta Magna es, en realidad, una mera sugerencia poética.


Es el triunfo de la comedia burocrática sobre la tragedia. Vemos a los señores del desmán sudar la gota gorda no en una trinchera, sino en una sesión extraordinaria del Consejo Superior. Los vemos discutir no sobre estrategia militar, sino sobre si el acta del cuerpo electoral de Agronomía tenía el membrete correcto o si el delegado de Medicina llevaba la corbata del color reglamentario.


Y mientras ellos discuten sobre el sexo de los ángeles jurídicos, los pesos se desvanecen y los contrapesos se venden al peso en la chatarrería del Estado.


La ironía, esa diosa cruel que ríe la última, nos recuerda lo que decía aquel desaprensivo de Goebbels: 

"La democracia da a sus enemigos las llaves de su propia celda". 

Y lo peor no es que nos encierren. Lo peor, lo verdaderamente irritante para un espíritu fino como el nuestro, es que lo hagan pidiendo permiso, presentando un recurso y pagando las tasas correspondientes en el banco...


Así que, querido lector, la próxima vez que oiga un estruendo de sables, despreocúpese: eso ya es folklore. Preocúpese, y mucho, cuando el silencio en el hemiciclo solo sea roto por el susurro de un abogado leyendo una enmienda a la totalidad. 

Eso, amigo mío, es el verdadero estruendo del derrumbe. 

Y lo peor es que va acompañado de una factura de honorarios.

***