(O de cómo el automóvil guatemalteco ha pasado, sin comerlo ni beberlo, a formar parte del selecto club de los dipsómanos)
Señores, lo han conseguido.
Después de siglos de infructuosos intentos por parte de poetas malditos y filósofos del tres al cuarto, el hombre ha logrado lo imposible: emborrachar a las máquinas Sí, han leído bien. A partir de este glorioso instante administrativo, el honorable parque automotor de la República de Guatemala —compuesto en un sesenta por ciento por venerables reliquias que ya peinaban canas cuando Adán le robaba manzanas a Eva— se verá obligado por decreto a ingerir aguardiente de caña. Rebajado, eso sí, que no somos salvajes. Un diez por ciento de alcohol, y el resto de esa gasolina que ya de por sí nos deja la cartera como un solar en día de viento.
La cosa, como todas las grandes desgracias humanas (el matrimonio, la quiniela, las vacaciones de Semana Santa), viene envuelta en un celofán de virtudes inmaculadas. Nos dicen las altas esferas que la medida es ecológica, patriótica y estabilizadora. Y yo me pregunto, con esa candidez que me caracteriza: Desde cuándo embriagar a un Nissan Sentra modelo 1998 es un acto de amor a la patria?
El argumento oficial es de una solidez pasmosa. La gasolina con alcohol contamina menos. Cierto. También es cierto que un muerto contamina menos que un vivo, sobre todo en conversación, y no por ello hemos de declarar obligatorio el fallecimiento. La cuestión, como siempre, es el rendimiento. El alcohol, ese gran amigo de las confidencias a altas horas de la madrugada, es un pésimo compañero de viaje cuando de mover pistones se trata. Tiene menos energía, según dicen los químicos, que son esos señores que entienden por qué el café mancha y el agua no. Así que, señor automovilista, prepárese: su coche, ahora convertido en un dipsómano de medio pelo, correrá menos y pedirá más. Como esos parientes lejanos que aparecen en Navidad con un apetito voraz y un talento especial para la siesta.
Y luego está el turbio asunto de los riñones del coche. Porque el alcohol, además de un solvente, es un caballero de costumbres corrosivas. Para los vehículos jóvenes, esos que presumen de inyección electrónica y sensores como para lanzar un Artemis a la luna, el efecto será como darles un cóctel sin alcohol en una fiesta de sociedad: un aburrimiento soportable. Pero para el prójimo que conduce un Toyota Corona que fue testigo mudo de la firma de la paz, la cosa cambia. El etanol, en su afán limpiador, barrerá concienzudamente toda la mugre honorable y sedimentada de años en el depósito, para acto seguido, con una falta de consideración que hiela la sangre, obstruir hasta el último alveolo del carburador. Será un espectáculo digno de verse: kilómetros y kilómetros de coches estornudando en las cunetas, víctimas de una resaca mecánica de pronóstico reservado. La culpa, claro, será del propietario, por no haberle hecho una endoscopia preventiva al tanque.
Pero no nos engañemos. El verdadero motor de esta historia no está bajo el capó, sino en los despachos de los ingenios azucareros. Allí sí que han sabido ver el filón. Para qué molestarse en vender el alcohol en el libre mercado, compitiendo con el ron y las penas de amor, si un bondadoso decreto te asegura que sesenta y cinco millones de galones serán tragados anualmente por las fauces metálicas de todo bicho que circule sobre ruedas? Es una genialidad de la economía dirigida. Es como si a un fabricante de boinas se le ocurriera la feliz idea de declarar obligatorio el uso de la cabeza. Un negocio redondo, forrado con la noble bandera de la ecología y la no menos noble bandera del "no hay de otra".
Demanda garantizada por ley
Diversificación del negocio
Sin inversión inicial
Los sueños húmedos de un azucarero convertidos hechos jarabe...
Así que, en conclusión, amigo mío, no se preocupe. El progreso es esto: un mundo donde los coches beben para que los señores del azúcar no tengan que hacer pucheros. Un mundo donde la economía gira en torno a la inusitada capacidad de un motor del 95 para pillar una cruda de campeonato. Encienda el contacto, pise el acelerador y, si su coche empieza a dar bandazos, no culpe a la amortiguación. Culpe al Estado, que ha decidido que todos, hombres y máquinas, brindemos por la patria.
Aunque sea a la fuerza.
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