jueves, 30 de abril de 2026

La Cofradía Irreverente de los Late Night Shows

Un panfleto para crédulos, incrédulos y otros animales de compañía

I. Donde se demuestra que el bufón es hoy el único cartógrafo de la verdad

El humor, señores, no sustituye al periodismo; lo engulle, lo digiere y lo devuelve convertido en una carcajada que quema como un buche de gasolina. En una democracia con los pesos y contrapesos convenientemente secuestrados —y no me refiero a un secuestro exprés de los que salen en los telediarios, sino a ese otro secuestro de salón, con corbata, toga, maquillaje y argumentos jurídicos que huelen a naftalina y a traición—, el bufón de la corte asciende de categoría. Se convierte en el único ser humano que puede pronunciar la verdad sin que lo silencien inmediatamente, o sin que lo desacrediten del todo, porque siempre queda el recurso de decir: "Pero si solo es un cómico, no ven que lleva corbata de lunares?".

Y en esa cofradía de la irreverencia, mis santos patronos tienen nombre y late night show: 

Kimmel, que maneja la indignación del ciudadano medio como quien maneja un martillo pilón; 

Fallon, que disfraza su escepticismo de simpatía para que el veneno se lo beban a gusto hasta los propios envenenadores; 

Colbert, que lleva años haciendo del conservadurismo una caricatura tan perfecta que el conservadurismo, confundido, acabó votándola sin darse cuenta de que era su propio obituario; 

Stewart, el profeta retirado que regresa cada cierto tiempo como un Moisés con gafas de pasta a recordarnos que seguimos adorando becerros de oro, pero ahora los becerros son naranjas y tuitean; 

John Oliver, que te explica en veinte minutos lo que la universidad no te enseñó en un máster, usando un pato de goma como testigo pericial; 

Seth Meyers, que convierte la actualidad en una corrección fraterna pasada de gin-tonic; 

y Maher, el primo cínico y desencantado que ya ni se molesta en tener esperanza, pero que sigue ahí, dando caña a diestro y siniestro porque no sabe hacer otra cosa y, francamente, porque la humanidad le debe el espectáculo.

II. Donde se descubre que el lector es miope, el autor guatemalteco y el mundo un pañuelo

El Lector: Pero si vos sos de Guatemala. Háblame del precio del frijol, del tapón de la Roosevelt, del alcalde de tu pueblo. Qué te importa lo que haga el late night americano?

Me: Au contraire mon ami lecturé motherfucké

Negativo, mi estimado, mi severo, mi inconmensurablemente distraído lector, que me cuestionas con la frecuencia de un reloj parado y con la misma precisión. Yo no soy de Guatemala: yo soy ciudadano de la aldea global, una aldea donde los únicos que no pagan peaje son los que ya han comprado al que cobra el peaje. Y todo conecta, querido topo, todo repercute. Que tú no lo veas es otra cosa, exactamente la misma otra cosa que te impide ver el ombligo sin usar un espejo o la razón sin usar un prejuicio.

III. Donde se explica lo que usted ya debería saber si no estuviera tan ocupado echándole la culpa al surtidor

Porque, dime, criatura de Dios: acaso no te suena el paralelismo? Orbán, el gerrymandering y el MP de Consuelo Porras forman un menú degustación que ya hubiera querido Maquiavelo para sus banquetes. Es la captura de las instituciones, alma mía, el desmantelamiento de la oposición por la vía legal, el "todo es conforme a derecho mientras yo controle al que dicta el derecho". Orbán despedazaba Hungría con la paciencia de un relojero suizo que odia los relojes; la Corte Suprema de Estados Unidos vacía la Ley del Voto como quien vacía un barril de petróleo para meter arena; y aquí, en nuestra patria de volcanes y suspiros, el Ministerio Público se convierte en una agencia de colocación de impunidades. 

Te suena? Pues claro que no te suena, porque estabas mirando el precio de la gasolina y pensando que la culpa era del presidente de turno, o de los gasolineros, o de la señora que te vende las tortillas.

Error de principiante. El presidente, los gasolineros y la pobre señora tienen tanto que decir sobre el desastre como tú o como yo: es decir, pueden quejarse, pagar y obedecer. El verdadero promotor de este desmadre gratuito, el verdadero responsable de que una salida a Taco Bell te cueste tres dígitos y un ataque de ansiedad, es un tipo anaranjado —no el de una frutería, sino el otro, el del salón de eventos con complejo de Versalles— que lleva años dedicándose a jugar al ajedrez con fichas humanas mientras tú y yo discutimos sobre el IVA.

IV. Donde se reivindica al bufón y se le ofrece un asiento en el Consejo de Estado (que él rechazará por cortesía)

Ojalá fuera mentira. Ojalá todo esto no fuera más que un guion rechazado de un late night, un monólogo demasiado salvaje para Meyers, demasiado nihilista para Maher. Pero no: la realidad ha decidido hacer horas extra como guionista de distopías.

Mientras los canales certificados se pelean por el adjetivo exacto y los periódicos serios ofrecen dos páginas de contexto que nadie lee, los bufones, con una broma, un montaje y una ceja arqueada, nos devuelven la única noticia que importa: que esto es una locura, que el rey está desnudo y que el sastre es además el ministro de Justicia. Ellos no informan: interpretan, maldicen y traducen a idioma humano lo que los expertos enmascaran con sintaxis de sentencia judicial. 

Ríase usted, lector, de los bufones. Pero sepa que, en un mundo donde la verdad ha sido declarada fake news por decreto, la última trinchera de la cordura puede ser, precisamente, un chiste. 

Y el último resistente, un tipo con escritorio, sillón y micrófono.

*