domingo, 12 de abril de 2026

"El ejército más moral de la tierra"

Israel y Hezbollah 

... son dos lados de la misma porquería 

Cuando alguien necesita proclamar, con voz de trompeta y gesto de estatua ecuestre, que es “el más moral del mundo”, no está haciendo una declaración: está levantando una defensa anticipada.

Porque, en algún lugar —quizá muy cerca— hay alguien que no le compra el cuento.

Israel y Hezbollah, por ejemplo, se observan con la devoción de dos enemigos que, sin saberlo, comparten la misma profesión: necesitan del otro para existir con sentido.
No son opuestos.  Son simétricos.

Ambos administran el miedo como si fuera un recurso natural.  Lo extraen, lo refinan y lo distribuyen a su población en cómodas cuotas de indignación.  Cada ataque del adversario no es una tragedia: es una oportunidad contable.

Sube la cohesión interna, baja el cuestionamiento, y el negocio —porque lo es— se mantiene saludable.

La gente común, entretanto, cumple su función histórica: paga.

La cadena de venganzas es una maquinaria perfecta, una suerte de motor perpetuo de la miseria humana. Cambian los uniformes —tribus, imperios, estados, milicias— pero el mecanismo es idéntico, casi elegante en su simplicidad: un agravio exige respuesta, la respuesta exige memoria, y la memoria exige otro agravio.

Así, cada bando cultiva con esmero su condición de víctima eterna, ese título honorífico que exonera de toda culpa y concede licencia para todo.

“Ojo por ojo”, se dice, con una convicción heredada más que comprendida.  Como si la frase hubiera nacido en la calle, entre dientes apretados y puños cerrados.

Pero no.

“Ojo por ojo” fue, en su origen, una idea profundamente civilizada.

Una cláusula de contención.

Una directriz para domesticar la violencia.

No era una invitación a la venganza personal, sino una instrucción exclusiva para jueces:
castigar exactamente lo necesario para que la sangre no pidiera más sangre.

Algo así como decirle al caos: hasta aquí.

Naturalmente, la humanidad hizo lo que mejor sabe hacer: tomó el límite y lo convirtió en excusa.

Lo que era freno se volvió acelerador.  Lo que era justicia proporcional se transformó en contabilidad emocional.

Cada ataque es justicia.

Cada respuesta es defensa.

Y, en ese cómodo espejismo, nadie es culpable porque todos están cobrando.

Por eso el ciclo no se detiene.  No puede.

La ley reservaba ese principio para los tribunales, precisamente para evitar que cada individuo se erigiera en juez, jurado y verdugo de su propio relato.  Pero el ser humano, con una admirable coherencia en sus defectos, decidió que la toga le quedaba bien.

Y así seguimos: administrando agravios como si fueran herencias familiares.

Solo hay un pequeño detalle que algunos textos antiguos se empeñan en recordar:

Hay Un Solo Juez.  Y no somos nosotros.

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