lunes, 19 de enero de 2026

domingo, 18 de enero de 2026

Guatemala entrando al siglo XX - de las orejas

(That's right - XX no XXI...)

Escribo sentado.
Siempre sentado.
Nunca cómodo.

Dicen que si uno se sienta cómodo, se le acomoda también el pensamiento, y eso es letal para la literatura.

El café está hirviendo —como deben estar las verdades— y el ruido alrededor es suficiente para recordar que el mundo existe, pero no tanto como para prestarle atención.

Leo la noticia.

Alzo una ceja.

Luego la otra.

Luego una tercera que no tenía, pero que la situación exige.

—Magnífico —pienso—.

Necesitamos que venga alguien de fuera para hacer lo que llevamos un siglo prometiéndonos.

Anoto en una servilleta:

Un país que solo avanza cuando lo miran es como un niño que solo se porta bien cuando entra la maestra.

Sonrío. No por alegría, sino por economía: reírse es más barato que indignarse.

Hablan de carreteras.

Hablan de trenes.

Hablan de modernidad.

Vuelvo a alzar la ceja.

—Trenes? —murmura—.
Espléndido. Hemos decidido regresar al futuro… pero al de 1950.

El problema —pienso— no es la ayuda extranjera.

El problema es que sin testigos no hacemos nada, y con testigos hacemos lo justo para la foto.

Vuelvo a escribir:

Aquí no se pregunta “¿cómo hacemos que funcione?”, sino “¿quién se queda con algo?”

Miro alrededor.

La gente conversa.

Todos saben exactamente qué está mal.

Nadie está dispuesto a arreglarlo si no hay ganancia inmediata, o al menos la satisfacción de que el otro pierda.

—Ah, Latinoamérica— esa región donde el progreso es sospechoso y el éxito ajeno es una provocación personal.

Doy un sorbo al café.

Arrugo el ceño.

No fracasan los proyectos.
Fracasa la idea de que el bien común existe.

Cierro la libreta.

No porque haya terminado, sino porque ya dije lo suficiente para incomodar, que es el verdadero final de cualquier texto decente.

Pago.

Me levanto.

Y antes de irme dejo escrito en la última línea:

No necesitamos que nos ayuden.
Necesitamos dejar de estorbarnos.

Salgo.

Sé que el texto no cambiará nada.

Y precisamente por eso, lo escribí bien.

*

viernes, 16 de enero de 2026

El Play Cerebral

Tengo una teoría 


No la aprendí en ningún conservatorio (me echaron, recuerdas?) ni libro de armonía. 

La aprendí tocando en bares, con equipos malos, músicos desparejos y públicos impredecibles.


Cuando tocas una canción, no solo tocas tu instrumento.

Tocas también el cerebro de la gente —como un instrumento más.


Y el cerebro —cuando conoce una canción— es un instrumento formidable.


He visto esto pasar mil veces:

el audio es terrible, la voz no se entiende, una guitarra va tarde, la batería se cae…

Y aún así, la gente sonríe, canta, se emociona.


Por qué?


Porque no están escuchando lo que suena.

Están escuchando la canción que ya tienen cargada en la RAM de su cabeza.


La música real ocurre ahí dentro.


El músico apenas activa algo:

marca el tempo, sugiere el arranque, insinúa la forma.

Y el público hace click.

Le da play a su propia versión perfecta.


Eso explica cosas que desconciertan a los músicos obsesionados con la ejecución:


  • Puedes dejar de cantar y el público sigue.

  • Puedes tocar mal y la canción “suena bien”.

  • Puedes equivocarte y nadie se da cuenta.


No porque no importe cómo tocas.

Sino porque la memoria auditiva funciona como un CODEC viejo que completa los vacíos.


El cerebro es un gran restaurador de música perdida.


Por eso, cuando alguien canta a coro, no está repitiendo una letra:

está reviviendo un recuerdo.

Y los recuerdos siempre suenan mejor que la realidad.


Por eso es que

la música más efectiva no siempre es la mejor tocada,

sino la mejor dejada incompleta.


El silencio, cuando cae en el lugar correcto, es una invitación.

Y si el público entra, la canción ya no te pertenece.


Dejar de tocar —a tiempo—

no es falta de recursos.

Es comprensión profunda.


La búsqueda de protagonismo es antimusical.

Porque la música no quiere ser mirada: quiere ser habitada.


Cuando entiendes esto, cambia todo:


Dejas espacio.


Confías.


Te retiras medio paso.


Y entonces ocurre lo más bello:

la canción no suena afuera…

suena dentro de todos al mismo tiempo.


Eso es el play cerebral.

Y cuando se activa, da igual si eres el mejor músico del mundo.


La canción ya se está tocando sola.


*

jueves, 15 de enero de 2026

Predicción

El tráfico no va a mejorar 

no van a crear más infraestructura 

y por infraestructura entiéndase algo que sirva, 

no esas porquerías que dejan a medias y que cuando ya son medio funcionales ponen a un PMT con cara de alumbrado para inutilizarlas 

el punto es que llegará el momento en que haya tantos carros que la brillante solución que nos querrán vender será 

que no haya carros

Hoy no circula...

Movilizarse físicamente 

mentalmente 

económicamente 

espiritualmente 

en este país... 

es un dolor de huevos...

*

martes, 13 de enero de 2026

Nadie sabe lo que tiene

No sabes cuánto usas la esquinita de la intersección de la uña y el pellejito de tu dedo pulgar 

hasta que te lo lastimas...

Ouch ouch ouch todo el puto día...

*

sábado, 10 de enero de 2026

No corras enfrente de ICE

No lo hagas, por las mismas razones por las que no correrías frente a la Gestapo, la KGB, la Stasi, la DINA, la "Milizia Volontaria per la Sicurezza Nazionale"... o un "Comité de Defensa de la Revolución"... la Judicial... la Inquisición...

Ya sabes, todos esos grupitos que imponen por la fuerza la ideología de turno

Notaste el patrón? La deshumanización del otro es el mecanismo psicológico-político común

Pero no te preocupes: Los tiranos siempre caen - es una verdad matemáticamente cierta y un recordatorio de que el mal requiere esfuerzo constante para mantenerse

La dignidad humana, en cambio

reverbera para siempre

*

viernes, 9 de enero de 2026

Forastero

Me alegra no "agarrarte la onda" - es un cumplido para mí

La lógica del caos no es lo mío

Me alegra ser la amenaza

Mi sola presencia desmiente tu "normalidad"

No comparto los códigos

No celebro las mismas cosas

No justifico lo injustificable

No llamo “destino” al abandono

No me lo perdonas - por mí no hay problema...

Donde manda la costumbre, la lealtad mal entendida, el miedo, la supervivencia inmediata - no manda la razón y hasta terminas siendo el enemigo...

Entiendo que no todos los incendios admiten baldes de agua.

Lo acepto - eso no me vuelve indiferente.  Me vuelve responsable. 

Yo decido dónde pongo la energía y qué batallas no son mías

Porque hay tragedias que no se resuelven con heroísmo

sino con límites.

*


sábado, 3 de enero de 2026

Manual breve de cómo mandar un mensaje sin usar palabras

Hay épocas en que la política internacional se parece a un seminario universitario, llena de conceptos, matices y pies de página.

Y hay otras —más sinceras— en las que vuelve a ser lo que siempre fue: un concurso de fuerza con guantes quitados.

La reciente “extracción” de Nicolás Maduro no fue una operación de justicia, ni un acto de redención moral, ni una cruzada humanitaria. Fue algo mucho más simple y mucho más honesto: una demostración.

Como esos golpes en la mesa que no buscan convencer, sino recordar quién es el dueño de la mesa.

Elegir bien al castigado


No se eligió al narco-Estado más grande.
No se eligió al más sangriento.
Se eligió al que ofrecía mejor relación costo-beneficio.

Venezuela no era el peor alumno del salón; era el que estaba sentado más cerca de la puerta, sin amigos que lo defendieran y con el uniforme ya manchado. El ideal para una lección pública.

Porque en política real, como en los colegios antiguos, el castigo no se aplica al más peligroso, sino al que sirve de ejemplo.

Diplomáticos cerca, nervios lejos


Que enviados de China estuvieran en Caracas antes —o durante— el episodio añade una nota deliciosa a la escena.
No porque haya sido un accidente, sino porque no se hizo nada por evitarlo.

El mensaje implícito fue elegante en su brutalidad:

“Si estás cerca cuando cae el rayo, no es porque el rayo sea imprudente.”

No era un mensaje para Maduro, que ya estaba amortizado. Era para Pekín… y por eco para Vladimir Putin:

En América, no pedimos turno.

Y por qué no México?


La señora no es el gerente general del narco-Estado sino más bien la encargada de Narco Relaciones Públicas de un mercado caótico, fragmentado, violento y carísimo de intervenir.

Ahí no hay una cabeza que cortar, sino un enjambre.

Cortar una provoca tres más, y además incendia la frontera, el comercio y medio continente.

Venezuela, en cambio, ofrecía un organigrama claro. Y a los estrategas, como a los contadores, les gustan las cosas claras.

Tarifas, helicópteros y votos


Nada de esto puede separarse de la guerra de tariffs. Son el mismo mensaje en formatos distintos. Uno llega en contenedor, el otro en helicóptero.

Ambos dicen:

“Puedo aguantar el golpe más tiempo que tú.”

Por otro lado, para el orange man, el público de este espectáculo no estaba en Caracas, ni en Pekín, ni en Moscú. 

Estaba en casa, frente al televisor, asintiendo satisfecho.

La narrativa es de una sencillez admirable:

"el problema está allá

lo arreglamos allá

para que ya no vengan..."

No es verdad, pero suena a solución, que es lo único que se le pide a un eslogan.

Hay que recordar que nada de esto salió del puro, bueno y noble corazón del Orange Man...

Moraleja no solicitada


Esto no fue justicia.
No fue diplomacia.
No fue un exceso.

Fue una lección, impartida al estilo antiguo: corta, visible y sin explicaciones innecesarias. Como hacía Roma. Como hacían los mafiosos. Como hacen los imperios cuando se cansan de los comunicados.

Error clásico: creer que eliminado el tirano, aparece el estado


Y entonces llega la pregunta que nadie quiere responder en voz alta: 

y ahora qué?

Porque sacar al hombre del sillón es relativamente sencillo; lo verdaderamente complicado es evitar que el sillón se convierta en botín. El poder no queda huérfano: queda vacante, que es peor. Y las vacantes, como se sabe, no las gana el más virtuoso, sino el que llega primero con algo convincente en la mano. Generalmente un uniforme. O una llave. O ambas cosas.

Las fuerzas armadas, por su parte, no leen editoriales ni atienden deseos democráticos; leen correlaciones de fuerza. No preguntan quién debería mandar, sino quién puede hacerlo mañana sin que todo se incendie hoy. Así, el nuevo poder no se elige en urnas ni se anuncia en discursos solemnes: se revela. Aparece cuando alguien da órdenes y los demás las cumplen. Todo lo demás es literatura… y de la mala.

De modo que el episodio no cerró una historia: abrió un casting. Un casting sin jurado visible, sin reglas claras y con un único criterio de evaluación: haber entendido el mensaje. Porque, al final, a los arquitectos del golpe no les importa demasiado quién gobierne después. Les basta con que quien gobierne haya aprendido lo esencial: que el poder no se hereda, no se discute y, llegado el caso, no pide permiso.

Y así seguimos, convencidos de vivir tiempos modernos, mientras el mundo insiste en comportarse como siempre... Con nuevas palabras, sí; con la misma lógica, también. Jardiel, de estar aquí, probablemente diría que nada de esto es grave… salvo que lo tomemos en serio.

*

viernes, 2 de enero de 2026

domingo, 28 de diciembre de 2025

lunes, 22 de diciembre de 2025

La contención del hombre

Hay una idea incómoda que rara vez se dice en voz alta:

El ser humano no está contenido por casualidad.

El Universo no confía en nosotros.

Vivimos en un planeta aislado, frágil, rodeado de distancias tan inconcebibles que rozan lo absurdo. Morimos. Envejecemos. Olvidamos. Todo en nuestra existencia parece diseñado para limitar, no para expandir sin freno. Y quizá ahí está la clave.

Durante mucho tiempo creímos que el problema era técnico: si tuviéramos mejores máquinas, mejores sistemas, mejores armas incluso, todo se ordenaría. La historia demuestra lo contrario. 

La tecnología no nos vuelve mejores; amplifica lo que ya somos

En manos equivocadas, acelera la barbarie. En manos inmaduras, convierte el error en catástrofe.

Por eso la verdadera prueba nunca ha sido tecnológica. Ni siquiera estrictamente moral.

Es espiritual.

La moral no nace del reglamento, ni del castigo, ni del cálculo utilitario. La moral emerge de algo más profundo: de la capacidad de reconocerse limitado, de aceptar que no todo lo posible debe hacerse, de entender que el poder sin contención es destrucción. Cuando ese núcleo espiritual falla, la moral se degrada en justificación.  Quizá por eso existan la muerte y el tiempo. No como castigo, sino como killswitch - un seguro de la Creación.

Un ser humano inmortal, con rencores acumulados, ideologías rígidas y poder técnico creciente, sería una amenaza permanente. La muerte reinicia. Obliga a soltar. Rompe la continuidad del odio absoluto. Introduce humildad, aunque sea a la fuerza. No es cruel: es necesaria.

Lo mismo ocurre con el espacio.

El universo no parece diseñado para nuestra expansión inmediata. No invita, contiene. Nos deja mirar, medir, soñar… pero no conquistar fácilmente. Como si dijera: todavía no. Como si la creación supiera algo que nosotros nos empeñamos en olvidar.

Tal vez somos, en efecto, reos de alta peligrosidad.

No por maldad pura, sino por inmadurez persistente. Inteligencia sin espíritu. Poder sin sabiduría. Capacidad sin freno.

Las civilizaciones antiguas entendían esto mejor que nosotros. Llamaban a ese límite Dios, Logos, Orden, Destino. No importaba el nombre. Importaba la función: recordarle al hombre que no es el centro, ni el dueño, ni el juez final.

El error moderno fue creer que, eliminando el límite externo, el límite interno aparecería solo. No ocurrió. Nunca ocurre.

La contención del hombre no es un fracaso del progreso; es su condición previa. Sin ella, no hay humanidad, solo animales con herramientas cada vez más sofisticadas.

Quizá la gran pregunta de nuestra época no sea cuándo conquistaremos las estrellas,
sino si hemos desarrollado el espíritu necesario para merecer salir de la jaula.

Hasta entonces, el universo —sabio, frío y paciente— parece haber tomado una decisión por nosotros.

*