Hay épocas en que la política internacional se parece a un seminario universitario, llena de conceptos, matices y pies de página.
Y hay otras —más sinceras— en las que vuelve a ser lo que siempre fue: un concurso de fuerza con guantes quitados.
La reciente “extracción” de Nicolás Maduro no fue una operación de justicia, ni un acto de redención moral, ni una cruzada humanitaria. Fue algo mucho más simple y mucho más honesto: una demostración.
Como esos golpes en la mesa que no buscan convencer, sino recordar quién es el dueño de la mesa.
Elegir bien al castigado
No se eligió al narco-Estado más grande.
No se eligió al más sangriento.
Se eligió al que ofrecía mejor relación costo-beneficio.
Venezuela no era el peor alumno del salón; era el que estaba sentado más cerca de la puerta, sin amigos que lo defendieran y con el uniforme ya manchado. El ideal para una lección pública.
Porque en política real, como en los colegios antiguos, el castigo no se aplica al más peligroso, sino al que sirve de ejemplo.
Diplomáticos cerca, nervios lejos
Que enviados de China estuvieran en Caracas antes —o durante— el episodio añade una nota deliciosa a la escena.
No porque haya sido un accidente, sino porque no se hizo nada por evitarlo.
El mensaje implícito fue elegante en su brutalidad:
“Si estás cerca cuando cae el rayo, no es porque el rayo sea imprudente.”
No era un mensaje para Maduro, que ya estaba amortizado. Era para Pekín… y por eco para Vladimir Putin:
En América, no pedimos turno.
Y por qué no México?
México no parece ser un narco-Estado con gerente general (aunque no se ha dicho la última palabra). Es más bien un mercado. Caótico, fragmentado, violento y carísimo de intervenir.
Ahí no hay una cabeza que cortar, sino un enjambre.
Cortar una provoca tres más, y además incendia la frontera, el comercio y medio continente.
Venezuela, en cambio, ofrecía un organigrama claro. Y a los estrategas, como a los contadores, les gustan las cosas claras.
Tarifas, helicópteros y votos
Nada de esto puede separarse de la guerra de tariffs. Son el mismo mensaje en formatos distintos. Uno llega en contenedor, el otro en helicóptero.
Ambos dicen:
“Puedo aguantar el golpe más tiempo que tú.”
Por otro lado, para el orange man, el público de este espectáculo no estaba en Caracas, ni en Pekín, ni en Moscú.
Estaba en casa, frente al televisor, asintiendo satisfecho.
La narrativa es de una sencillez admirable:
"el problema está allá
lo arreglamos allá
para que ya no vengan..."
No es verdad, pero suena a solución, que es lo único que se le pide a un eslogan.
Moraleja no solicitada
Esto no fue justicia.
No fue diplomacia.
No fue un exceso.
Fue una lección, impartida al estilo antiguo: corta, visible y sin explicaciones innecesarias. Como hacía Roma. Como hacían los mafiosos. Como hacen los imperios cuando se cansan de los comunicados.
Error clásico: creer que eliminado el tirano, aparece el estado
Y entonces llega la pregunta que nadie quiere responder en voz alta:
y ahora qué?
Porque sacar al hombre del sillón es relativamente sencillo; lo verdaderamente complicado es evitar que el sillón se convierta en botín. El poder no queda huérfano: queda vacante, que es peor. Y las vacantes, como se sabe, no las gana el más virtuoso, sino el que llega primero con algo convincente en la mano. Generalmente un uniforme. O una llave. O ambas cosas.
Las fuerzas armadas, por su parte, no leen editoriales ni atienden deseos democráticos; leen correlaciones de fuerza. No preguntan quién debería mandar, sino quién puede hacerlo mañana sin que todo se incendie hoy. Así, el nuevo poder no se elige en urnas ni se anuncia en discursos solemnes: se revela. Aparece cuando alguien da órdenes y los demás las cumplen. Todo lo demás es literatura… y de la mala.
De modo que el episodio no cerró una historia: abrió un casting. Un casting sin jurado visible, sin reglas claras y con un único criterio de evaluación: haber entendido el mensaje. Porque, al final, a los arquitectos del golpe no les importa demasiado quién gobierne después. Les basta con que quien gobierne haya aprendido lo esencial: que el poder no se hereda, no se discute y, llegado el caso, no pide permiso.
Y así seguimos, convencidos de vivir tiempos modernos, mientras el mundo insiste en comportarse como siempre... Con nuevas palabras, sí; con la misma lógica, también. Jardiel, de estar aquí, probablemente diría que nada de esto es grave… salvo que lo tomemos en serio.
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