viernes, 17 de julio de 2026

El hombre que patentó el fuego

Prometeo cometió un error imperdonable.

No fue robar el fuego a los dioses. Los dioses están acostumbrados a que les roben: plegarias, méritos, milagros y, en épocas electorales, hasta el nombre.

Su verdadero error fue entregárselo gratuitamente a los hombres.

De haber tenido un abogado, Prometeo habría fundado la Sociedad Olímpica de Combustión, Calefacción y Churrascos, S. A., habría registrado la llama como propiedad intelectual y habría concedido licencias distintas para cocinar, calentarse, iluminar cavernas y quemar herejes.

Zeus, en lugar de castigarlo, lo habría nombrado empresario del año.

Pero Prometeo era un idealista, defecto que consiste en creer que la humanidad merece aquello que necesita. Tomó el fuego, descendió hasta los hombres y dijo:

—Aquí lo tenéis. Usadlo.

No añadió:

—Solo para uso doméstico.

Ni:

—Prohibida su reproducción total o parcial.

Ni siquiera tuvo la precaución elemental de imponer una tarifa por chispa.

Los hombres, naturalmente, encendieron hogueras. Cocieron alimentos, espantaron animales, iluminaron la noche, fundieron metales y descubrieron que, reunidos alrededor del fuego, podían contarse historias.

Fue entonces cuando aparecieron los administradores.

El primer administrador de la historia se acercó a una hoguera y preguntó:

—Quién es el titular de esta llama?

Nadie lo sabía.

—Grave irregularidad —dijo.

Sacó una tablilla de barro, anotó el número de personas que se calentaban y calculó una deuda retroactiva desde el Paleolítico.

Otro funcionario llegó poco después y explicó que la licencia de iluminación no cubría el uso culinario. Un tercero sostuvo que el humo constituía una comunicación pública de la combustión. Un cuarto exigió derechos adicionales porque alguien había cantado junto a la fogata.

Así nació la civilización.

No alrededor del fuego, como afirman los antropólogos, sino alrededor de la primera factura por utilizarlo.

Desde entonces, el hombre ha perfeccionado extraordinariamente su capacidad para descubrir cosas y, todavía más, su capacidad para impedir que otros las usen.

Inventó la escritura para transmitir el pensamiento y enseguida inventó el contrato para detenerlo.

Inventó la imprenta para que las ideas viajaran y luego puso un cobrador en cada frontera.

Inventó la música para unir a los hombres y acabó enviando inspectores a los restaurantes para descubrir si un pianista había tocado, sin autorización, una melodía solicitada por un párroco.

El párroco pidió la canción porque le recordaba a su madre.

El pianista la tocó porque sabía tocarla.

Los clientes la escucharon porque todavía conservaban alma.

Y el propietario del catálogo exigió trece mil dólares porque conservaba abogados.

Todo perfectamente legal.

La legalidad es esa admirable operación mediante la cual la codicia se afeita, se pone corbata y consigue que la llamen derecho.

Naturalmente, debe compensarse al artista. El artista necesita comer, vivir, comprar instrumentos y, en ocasiones, divorciarse, actividad esta última que ha producido más discos que todas las musas reunidas.

Pero una cosa es alimentar al creador y otra muy distinta alimentar eternamente a quienes compraron los papeles del creador después de muerto.

Una canción puede nacer de un músico, pero no vive en él.

Vive en quien la canta borracho.

En quien la aprende con tres acordes.

En quien la escucha mientras se enamora.

En quien la toca en Bangkok para vender un cd grabado por un dólar y llevar comida a su casa.

El abogado preguntará:

—Tiene autorización?

El hambre, que desconoce la jurisprudencia, responderá:

—Tiene hijos.

Y habrá quien diga que permitir la copia destruye la creación.

Es curioso.

Durante miles de años, los hombres copiaron historias, canciones, herramientas, recetas, palabras, gestos, técnicas y sueños. Gracias a esa indecente promiscuidad intelectual llegamos hasta aquí.

Nadie pagó derechos por aprender a encender una hoguera.

Nadie pidió permiso para mejorar la rueda.

Nadie demandó a un niño por pronunciar palabras inventadas por generaciones anteriores.

Pero ahora se pretende que una inteligencia, humana o artificial, aprenda sin haber mirado jamás lo que otros hicieron.

Es decir: se quiere fabricar una mente virgen, ignorante y obediente.

Una mente que no herede.

Una mente que no relacione.

Una mente que no transforme.

Una mente que solo conozca aquello para lo que posee licencia.

Eso no sería una inteligencia.

Sería un esclavo con suscripción mensual.

Porque aprender es tomar el mundo recibido, romperlo, combinarlo y devolverlo convertido en otra cosa. Todo creador ha robado respetuosamente a los muertos. La originalidad no consiste en no deberle nada a nadie; consiste en pagar la deuda creando algo que los anteriores no pudieron imaginar.

La humanidad no avanza porque cada generación cierre una puerta.

Avanza porque alguien la deja abierta.

Por eso los grandes inventos deben estar al servicio de los hombres. No porque los hombres sean buenos. No lo son. El hombre puede utilizar el fuego para cocinar o para incendiar la casa del vecino, especialmente si el vecino escucha música después de las diez.

Los inventos deben servir a la humanidad precisamente porque, sin ellos, la humanidad queda dividida entre quienes poseen la llama y quienes deben pedir permiso para no congelarse.

Y quien recibe una antorcha y la oculta no es su dueño.

Es el último eslabón de una cadena que ha decidido romper.

Puede llamarse empresario, propietario, inversionista o custodio de derechos.

Pero no puede llamarse heredero de la humanidad.

Porque pertenecer a la humanidad no consiste solamente en haber nacido con forma humana. Consiste en comprender que recibimos más de lo que podremos producir jamás: lenguaje, música, ciencia, memoria, herramientas, historias y fuego.

Todo nos fue prestado por muertos que no conocimos.

Y nuestra única obligación verdaderamente noble es añadir algo y entregarlo.

Prometeo lo comprendió.

Por eso fue castigado.

No por ladrón.

No por rebelde.

Ni siquiera por amar demasiado a la humanidad.

Fue castigado porque cometió el crimen que ningún monopolio perdona:

entregó una cosa indispensable y olvidó colocar una caja registradora al lado.

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